All of these Emotions of Mine – Chiaroscuro Self Portrait © Ryan.Berry  CC  Atributtions- NoDerivs 2015

Se dice que no hay mayor desprecio que el no aprecio y, realmente, hay pocas cosas más dolorosas cuando de conflictos interpersonales hablamos que el retiro de la palabra de alguien que había de algún modo sido parte de nuestra vida. Cuando alguien manifiesta un enfado de forma directa hacia nosotros, nos está dando la oportunidad de defendernos, justificarnos y, en definitiva, de salvar la relación. Un silencio sepulcral, en cambio, nos deja confusos y sobre todo impotentes.

Se conoce ya desde hace tiempo que existen 5 emociones primarias que los seres humanos compartimos con otros mamíferos. De éstas, hay 3 que son consideradas negativas por el dolor que sentimos cuando aparecen: la tristeza, la rabia y el miedo.

Ante una emoción de rabia, de enfado, los animales ponen en marcha un mecanismo conductual de lucha. Cuando el animal siente miedo, la respuesta natural suele ser la evitación o  huida o incluso la paralización. Y, al menos se sabe que el ser humano, cuando está triste, reacciona retrayéndose en un intento de reintegración personal. Sería muy contradictorio y simplista entonces pensar que una persona ha decidido apartarse de nosotros únicamente por un motivo de enfado ¿verdad? Y, en cambio, paradójicamente es la primera explicación que a la gente le suele venir a la mente.

En el momento en el que los seres humanos nos encontramos inmersos dentro de nuestra red de relaciones sociales, los conflictos de relación dan lugar a emociones más complejas que son resultado de la combinación de las emociones simples más el propio factor social y podríamos añadir incluso la historia personal de relaciones que posee cada uno de los participantes en conflicto. Por lo tanto, es importante que seamos conscientes de esta complejidad de cara al entendimiento y la resolución del conflicto.

Cuando una persona toma la decisión de apartarse de otra de una forma radical y en principio permanente es siempre porque la presencia de ésta le produce algún tipo de incomodidad, es decir, le despierta algún tipo de emoción desagradable. Exploremos pues las posibilidades, existen 3 emociones secundarias, también llamadas autoconscientes o socio-morales y que están muy relacionadas con la autovaloración, que son especialmente movilizadoras: orgullo, vergüenza, culpa, envidia.

  • El orgullo, en su sentido más parejo al del rencor, es una emoción compleja, por lo tanto, no es únicamente rabia como se tiende a pensar, sino que incluye también a las otras dos emociones primarias mencionadas: la tristeza quizás consecuente de haberse sentido traicionado por alguien en quien se confiaba y el miedo a volver a experimentar ese dolor ante la anticipación de otras posibles traiciones futuras.
  • De entre todas estas emociones más sociales, hay una que se considera como muy especialmente perturbarte: la vergüenza. Una situación vergonzosa puede poner muy en peligro nuestra sensación de pertenencia al grupo social, alberga un miedo intenso ante la posible pérdida de prestigio y, por lo tanto, de pérdida de esos roles sociales de los que nos sentíamos beneficiarios hasta el momento. Es tan tremendamente desagradable que  las personas vamos a evitar sentirla por todos los medios, llegando incluso a negarla. Una estrategia útil primariamente, pero poco sofisticada y poseedora de efectos secundarios adversos que, a veces se pone en marcha para deshacerse de la vergüenza, es maquillarla de enfado. Se puede activar de forma bastante inconsciente un mecanismo de defensa consistente en tergiversar la realidad para hacerla más digerible. Esto es resultado de un efecto muy conocido denominado disonancia cognitiva, que viene a decirnos que la tensión que siente una persona ante la incompatibilidad de dos creencias o emociones simultáneas produce tal tensión, que ello le va a llevar a generar ideas nuevas para que éstas encajen y así disminuir la tensión e incongruencia. Puede ocurrir por ejemplo que un jefe con un gran ego se avergüence cuando uno de sus empleados ha presenciado una tremenda chapuza por su parte y que, cada vez que se cruce con éste por el pasillo se le reactive esta emoción tan desagradable que, al final, está asociada a esa creencia de poca valía personal que tanto se empeña en evitar. Puede ser esperable en un caso como éste que busque desesperadamente motivos que justifiquen su propio error y las emociones negativas que su empleado le despierta. Por medio de una asociación entre la emoción negativa y el empleado, empieza a cogerle manía y con el objetivo de la resolución de la disonancia, empieza a buscar casi con lupa errores en el trabajo de éste e incluso atribuye a estos pequeños descuidos su propia chapuza y, aferrándose a esta nueva creencia, lo acaba despidiendo o no renovando. Esta es una solución de compromiso muy eficaz para aquellos que aún no se sienten preparados para embarcarse en un trabajo personal, puesto que muerto el perro, muerta la rabia.
  • Otra de las emociones complejas que también son muy generadoras de dolor es la culpa. Cuando una persona no curtida emocionalmente siente culpa, puede poner en marcha un mecanismo similar al citado hace un momento. Maquilla la realidad, desplaza aquella situación que le ha hecho sentir culpable y justifica su “mala acción”, convenciéndose de que nosotros nos hemos merecido que nos hiciera “eso”. De esta forma, se restaura su creencia de su adecuación personal, “yo soy una persona buena y justa”, escondiendo así la emoción dolorosa detrás de la rabia, que es una emoción más llevable, más simple y que le hace sentirse más fuerte.
  • Ocurre algo similar con la envidia. La persona que en un momento dado siente envidia entra en contacto con un sentimiento propio profundo de falta de valía personal que es muy difícil de digerir. Si nuestra presencia despierta su envidia, de forma inconsciente puede poner en marcha una solución sencilla pero muy poco elaborada y que puede llegar a ser perjudicial: si no nos ve, ya no hay motivo de envidia.

Para intentar empatizar con aquella persona que ya no nos habla es interesante entender que las emociones forman parte de nuestro bagaje hereditario y se han ido transmitiendo a lo largo de la evolución de nuestra especie porque han tenido su utilidad. Las emociones socio-morales cumplen, entre otras, la función de preservar los valores del contexto social. Cada sociedad, según sus propios valores e intereses de diferente índole determina una serie de juicios de valor hacia algo tan natural, inevitable y protector como son las propias emociones. Considerando a algunas como más esperables y hasta positivas y que por ese motivo suelen ser  más fomentadas, como ocurre con la culpa en el caso de sociedades occidentales. Aquellas que son consideradas negativas pueden llegar a producir un fuerte rechazo y desprecio y tienden por ello a ser más negadas, como son el orgullo o la envidia. Pero, en realidad, no existen emociones positivas y negativas, todas contienen un mensaje muy valioso que debe ser escuchado. El orgullo, por ejemplo, nos protege realmente de situaciones personales potencialmente peligrosas y nos mantiene al margen de personas que pueden ser tóxicas para nuestra vida. La envidia, cuando está bien enfocada, nos permite superarnos, a través de tener un referente personal que puede servirnos como guía.

Lo único que puede ser moralmente evaluado son los actos que acabamos realizando para perjudicar a las personas que nos están despertando este tipo de emociones. Actos vengativos hacia aquellos por los que sentimos rencor o envidia o que nos hace sentir culpables incluso. Por tanto, son esos actos los que se encuentran bajo nuestro control personal, controlar, evitar y negar emociones es muy agotador porque no tenemos realmente ninguna capacidad de control sobre estos poderosos mensajeros.

Por tanto, ante una situación de conflicto como ésta, es importante que nos paremos y examinemos todo el abanico de posibilidades que existe sin aferrarnos fanáticamente a ninguna de ellas. Debemos salir del pensamiento simplista, detener nuestros propios patrones de pensamiento y observar la situación con perspectiva. Algunas personas, un gran porcentaje en sociedades occidentales por lo que comentábamos, de forma natural y reactiva, tenderán a flagelarse y buscar a la desesperada el perdón del otro, porque se sentirán culpables. Otras suelen poner en marcha un mecanismo de defensa reduccionista que tienda a pensar, por ejemplo, que una retirada de palabra alberga inevitablemente algún tipo de envidia y esto no es cierto en muchos casos. Por su parte, las personas orgullosas o más rencorosas tenderán a pensar en la mala intencionalidad del silencio por parte de aquella persona que lo pone en marcha, “lo hace para hacerme daño”.  Y el que sienta vergüenza, muy probablemente sienta que ha sido rechazado porque hay algo en él que no es digno, que no gusta, que genera rechazo.

Comunicarnos con la otra persona de forma pausada, puede ayudar a que disminuya sus niveles de miedo, que deje de vernos como seres peligrosos en algún u otro sentido. Quizás la persona necesite una serie de pruebas de realidad para cerciorarse de que no le vamos a hacer daño, no le vamos a perjudicar ni humillar y que no le tenemos rencor, que comprendemos el por qué de sus actos y que por eso no hay motivo para que tenga que sentirse culpable.  Para lograr todo ello lo primero que vamos a tener que hacer es lidiar nosotros con nuestras propias emociones, para así poder llegar a ser francos en nuestro discurso. Si esta persona no está dispuesta a escucharnos, siempre podemos escribirle una carta y, en el caso de considerar habernos equivocado, podemos intentar enmendar nuestro error de algún modo. Esto no garantiza que nos vaya a devolver su palabra pero, al menos, nos proporcionará la tranquilidad de saber que nosotros lo hemos intentado.